Juan Pablo Ramírez
«Este libro no es una venganza». El objetivo de Cuando todo se tambalea va en otra dirección. El libro recoge las experiencias del Dr. Juan Abarca como presidente de HM Hospitales durante los meses de la pandemia. La obra llega a las librerías seis años después de la irrupción del Covid-19 sin cumplir ninguna efeméride concreta y con un objetivo claro: «Quería que fuera un reconocimiento a lo que hicieron los profesionales de HM Hospitales y, por extensión, a todo lo que hizo el sector sanitario», señala en una entrevista a iSanidad.
El presidente de HM Hospitales considera que no se ha hecho justicia a los profesionales de la sanidad privada. Lamenta que, en determinados actos, los agradecimientos del Gobierno se dirigieran expresamente al personal de la sanidad pública, sin reconocer también la contribución del sector privado. «No se podía escribir al principio porque estaba todo muy reciente. Todavía hay mucha gente que no quiere saber nada de la pandemia. Es como si no se hubiera querido pasar el duelo».
En su despacho del Centro Universitario HM Hospitales de Ciencias de la Salud de la Universidad Camilo José Cela, el Dr. Abarca repasa aquellos meses en los que el sistema sanitario español se enfrentó a una crisis sin precedentes. Durante casi una hora de conversación, reconstruye la respuesta de la organización durante la pandemia y ofrece su valoración sobre las decisiones adoptadas, las dificultades asistenciales y los aprendizajes pendientes.
En la presentación del libro comentaba que lo había escrito muy deprisa porque el recuerdo era doloroso. ¿Por qué ha decidido hacerlo ahora?
Es un tema que tenía pendiente. Como dije el día de la presentación, quería hacerlo como reconocimiento a lo que hicieron los profesionales de HM Hospitales y, por extensión, a todo lo que hizo el sector sanitario. Creo no se ha escrito un libro sobre el esfuerzo colectivo y que no hay ninguna obra como esta sobre el Covid-19.
Aparte de vivirlo en el día a día, tuve una visión muy política de la situación y quería dar mi opinión con respecto a cómo se gestionó toda la pandemia: qué se hizo bien, qué no se hizo bien y qué se pudo haber hecho. Esa es un poco la parte final. Era un libro que sabía que tenía que escribir y quería escribir.
«Casi se me saltan las lágrimas de la rabia cuando el presidente del Gobierno dio las gracias expresamente a los profesionales de la sanidad pública»
No se podía escribir al principio porque estaba todo muy reciente. Todavía hay mucha gente que no quiere saber nada de la pandemia. Es como si no se hubiera querido pasar el duelo. Ya habían pasado seis años y, dentro de mi agitadísima vida profesional y mis tareas, encontré un hueco en el que tenía un poquito menos de actividad de la habitual. Lo escribí en tres meses.
Habla de homenaje y reconocimiento, pero considera que ese reconocimiento no ha sido igual para todos. El primer médico fallecido en servicio trabajaba en HM Hospitales, el Dr. Luis Antonio Pérez ¿Cómo ha vivido la sanidad privada esa situación después de la labor realizada durante la pandemia?
Mal. El sector privado nunca recibió ninguna invitación para los homenajes ni para los reconocimientos. El otro día, una persona que trabaja en el Ministerio me dijo: “No sabía que lo habías pasado tan mal”. Esta persona recordaba un acto en el que el ministro dio un reconocimiento al familiar del primer médico que había fallecido, que era un médico de la sanidad privada. Le dije: “Fíjate, esa es la prueba evidente de que no contaron con nosotros, porque no nos invitaron”. Y el médico era de mi equipo.
Creo que, desgraciadamente, más allá de los políticos que estuvieron en el día a día, hubo gente que hizo una utilización muy partidista de la pandemia. El libro no es una venganza porque no va contra nadie. Hablo en positivo, pero sí es verdad que hubo gente muy mezquina que hizo críticas sin fundamento contra el sector privado. Pienso que la sanidad privada salió reforzada de la pandemia. No tenía necesidad de reivindicarla, porque nuestra labor fue ingente.
«El sector privado nunca recibió ninguna invitación para los homenajes ni para los reconocimientos»
Como dijo mi hermano, nosotros somos dueños, no somos directivos. Respondíamos ante nosotros mismos y decidimos en una reunión los tres que íbamos a hacer lo que fuera necesario por nuestra parte. Eso es un poco lo que refleja el libro.
Asistí a un acto en el que estaba el presidente del Gobierno y dio las gracias expresamente a los sanitarios de la sanidad pública. Yo soy el presidente de HM Hospitales y represento a mis trabajadores. Casi se me saltan las lágrimas de la rabia, de la impotencia y, sobre todo, de la sensación de injusticia. Entiendo que la política, desgraciadamente, es así. Hubo quien sí lo hizo. Madrid, por ejemplo, lo hizo fenomenal, y Barcelona también.
El libro tiene un tono positivo, pero en la presentación se mostró más pesimista respecto a las lecciones aprendidas. ¿Cuáles son las principales enseñanzas que todavía no hemos aplicado?
Creo que hemos aprendido muchísimo, pero no hemos hecho nada. A nivel de microgestión, mis hospitales pueden mañana duplicar habitaciones; ya dejamos las instalaciones preparadas. Todos los hospitales de día que están al lado de la UCI se pueden transformar automáticamente en unidades de cuidados intensivos. Tengo dos aulas en Móstoles donde podría crear 40 camas de UCI nuevas. Tenemos además nuestras pequeñas reservas estratégicas.
«Lo que pasó en Madrid en la primera ola no hay sistema sanitario que lo aguante. A nosotros la pandemia nos pasó por encima»
Pero uno de los problemas que hubo fue el de la gestión político-administrativa y la falta de coordinación. Se supone que la Agencia de Salud Pública viene a solucionarlo, pero han pasado seis años y lo único que sabemos es que tendrá su sede en Zaragoza. Uno de los aprendizajes más terribles fue darnos cuenta de un déficit de nuestro sistema sanitario desde hace muchos años: nunca se desarrolló bien la media y larga estancia, y las residencias están llenas de pacientes enfermos. Nos dimos cuenta de que una pandemia de tal calibre tenía que dirigirla el Ministerio de Sanidad, pero ese mando único no tiene recursos para comprar o para gestionar. No se ha reforzado desde entonces la estructura.
No digo que el Ministerio de Sanidad no tenga competencias. Creo que sí las tiene, y muy importantes: es el que establece el marco en el que se mueven las comunidades autónomas. Solamente eso ya es importantísimo. Pero quienes gestionaban todo no tenían recursos.
Otro de los grandes problemas se vivió en las residencias, que no tuvieron recursos suficientes. Medicalizar 400 residencias en dos días era inviable, imposible. Así salió. Si a eso se le juntan los contagios masivos y el personal que se puso de baja por enfermedad, no hubo recursos suficientes en Madrid. Una de las cosas más importantes que salió de la pandemia, y que habría que haber hecho, es aumentar los requisitos asistenciales de las residencias, por lo menos en la parte en la que hay enfermos.
«Corríamos hacia la vacunación y no mirábamos a los lados, cuando se nos estaba muriendo mucha gente»
¿Cómo se puede responder a esas necesidades en un sistema que también tiene problemas de recursos?
Lo que pasó en Madrid en la primera ola no hay sistema sanitario que lo aguante. A nosotros la pandemia nos pasó por encima. No había recursos suficientes. Tenemos hospitales en Barcelona y en Madrid. En Barcelona el sistema colapsó, obviamente, pero por lo menos se pudo atender a todos los pacientes.
En las siguientes olas, el sistema resistió, aunque también colapsó y produjo muchos retrasos en cirugías y en otras actuaciones. Es lo que llamo en el libro «la otra pandemia»: nos dimos cuenta de que los pacientes llevaban semanas sin acudir a los hospitales. Esa situación también produjo mucha mortalidad y retrasó muchísimas intervenciones y actuaciones sanitarias.
«Empezamos a vacunar, pero necesitamos cinco meses para inmunizar a los sanitarios y a la gente más vulnerable. Y sabíamos que la ola duraba cuatro meses»
Pero lo fuimos más o menos digiriendo. Donde claramente hubo un problema total de falta de recursos fue en la primera ola en Madrid y sus alrededores. Solo se hubiera podido solucionar cerrando antes.
En las conclusiones también aborda la tercera ola. ¿Nos dejamos llevar por la euforia ante la llegada de las vacunas?
Más que por la euforia, por la ansiedad. Estábamos con tanta ansiedad por que llegara la vacunación, que solo nos preocupamos de inmunizar. Lo hicimos muy bien. Pero, en lugar de adoptar medidas de restricción de la movilidad, empezamos con las restricciones de 10 familiares. La gente no lo entendía. Fue un despiporre para lo que estaba viniendo, que era la tercera ola.
Empezamos a vacunar, pero necesitamos cinco meses para inmunizar a los sanitarios y a la gente más vulnerable. Y sabíamos que la ola duraba cuatro meses. Nos comimos toda la ola. Corríamos hacia la vacunación y no mirábamos a los lados, y a los lados se nos estaba muriendo mucha gente. En concreto fallecieron 30.000 personas en la tercera ola.
En la cronología del libro cuenta que hablaron con el Hospital San Rafael para conocer la experiencia de quienes estaban afrontando antes la crisis. ¿Cómo vivió aquellos primeros momentos?
En los interludios del libro se ve que nosotros sí hicimos cosas desde antes. Fuimos los primeros en tener nuestra propia PCR. Compramos todos los hisopos de una casa y tuvimos que devolverles algunos porque la habíamos dejado sin existencias.
«La prohibición de visitas a los familiares ingresados fue una brutalidad desde el punto de vista humano»
Lo intentamos en la medida de lo posible, pero la verdad es que también reaccionamos tarde. En el vídeo que ponen en la presentación estoy el 17 de abril, después de seis semanas espantosas. Me afectó mucho verme. Veo a un hombre roto. Estaba roto de frustración, de dolor, de tristeza. No entendía nada. ¿Cómo nos ha podido pasar esto? La verdad es que no lo sé, porque obviamente todos teníamos que haber reaccionado antes.
Una de las historias del libro es la de un padre y un hijo. Al mismo tiempo, relata la prohibición de las visitas de familiares. ¿Cómo se equilibra la parte técnica y científica con la humana?
Sufriendo. Decidimos obedecer y nos generó muchísimo sufrimiento, tanto a nosotros como a todo el personal, que veía cómo la gente se moría. El libro habla de eso. Desde el punto prevista es lo que había que hacer, pero desde el punto de vista humano me pareció una brutalidad. También el Tribunal de Bioética admitió que no debería haber sucedido así. Una cosa es la parte técnica, pero la gente es responsable: “Yo asumo la responsabilidad, en un momento determinado, de contagiarme, pero no quiero que mi padre se muera solo”. Hay cosas que solo se pueden compensar con sufrimiento, porque todos éramos conscientes de lo que estaba pasando.
También sufrieron los médicos, las enfermeras, los auxiliares, el personal de mantenimiento y esos profesionales «invisibles» de los que habla en el libro. ¿Cómo se recupera emocionalmente a un equipo después de una experiencia así?
Pusimos a nuestros psicólogos a trabajar, pero la experiencia fue durísima. No solo porque se nos murieran pacientes, sino porque para lo que no estábamos preparados era para no poder atender a todos. Eso fue lo más grave.
«Nadie estaba preparado para no atender a todos los pacientes. El cansancio fue tremendo, terrible»
No teníamos un respirador para todos. Sanchinarro llegó a tener 26 puestos de UVI y 70 u 80 pacientes con sistemas de alto flujo. Esos pacientes eran personas que posiblemente no hubieran aguantado un respirador. El problema era que muchas veces te dabas cuenta de que lo ponías y ya no ibas a poder quitarlo. Ese es el verdadero triaje que hacían los médicos, que, por cierto, se hace diariamente: valorar si el paciente va a aguantar la intubación. En estos casos se producía tal daño pulmonar que necesitabas tenerlos durante semanas. A esos pacientes los mantenías con sistemas de alto flujo, que era lo que teníamos.
Más allá de eso, nadie estaba preparado para no atender a todos los pacientes. El cansancio fue tremendo, terrible. Pero es nuestro trabajo. En el último párrafo del libro acabo diciendo que nunca me he sentido más vivo ni más útil que en esa época.









