Redacción
Tratar únicamente los síntomas motores del párkinson resulta insuficiente para ofrecer una atención adecuada. Así lo señala el Dr. David Pérez Martínez, jefe de Servicio de Neurología del Hospital Universitario La Luz, quien defiende la necesidad de una evaluación global e individualizada del paciente. Según afirma, «reducir el párkinson a un trastorno del movimiento es una simplificación peligrosa». Esta puede limitar los beneficios del tratamiento y empeorar la calidad de vida.
El párkinson es una enfermedad neurodegenerativa, crónica y progresiva, que afecta actualmente a más de seis millones de personas en el mundo. Su prevalencia crece con la edad, y su diagnóstico suele asociarse a manifestaciones motoras como el temblor en reposo, la rigidez y la bradicinesia. A todo ello se suma la inestabilidad postural en fases más avanzadas. Sin embargo, el abordaje clínico que se centra exclusivamente en estos signos visibles deja fuera una parte esencial de la experiencia del paciente.
El abordaje clínico que se centra exclusivamente en los signos visibles deja fuera una parte esencial de la experiencia del paciente
Desde fases tempranas, muchos pacientes desarrollan síntomas no motores que a menudo pasan desapercibidos si no son evaluados de forma proactiva. Entre ellos se encuentran los trastornos del sueño, la depresión, la ansiedad, la fatiga, el dolor crónico y diversas alteraciones del sistema nervioso autónomo. Entre ellas se encuentran el estreñimiento, hipotensión ortostática o disfunción urinaria. «Muchos de estos síntomas no se detectan si no se preguntan activamente», advierte el Dr. Pérez. Esto puede derivar en un manejo clínico incompleto.
El Dr. Pérez incide en la importancia de tratar el insomnio o la depresión
La evaluación integral es clave para ajustar los tratamientos y priorizar intervenciones personalizadas. El especialista recalca que aumentar la dosis de levodopa no siempre es la solución más efectiva, especialmente si otros factores como el insomnio o el estado emocional no están bajo control. «Tratar el insomnio o la depresión puede mejorar tanto o más la calidad de vida que una modificación de la medicación dopaminérgica», subraya.
Además, este enfoque permite identificar con mayor precisión las necesidades de apoyo complementario del paciente y activar derivaciones a profesionales como fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, logopedas o neuropsicólogos. Esto favorece una atención multidisciplinar y centrada en la persona, esencial para enfermedades crónicas de larga evolución.
«Si no evaluamos lo que no se ve, corremos el riesgo de tratar el temblor y olvidarnos del paciente», concluye el Dr. Pérez. En este sentido, señala que los síntomas invisibles tienen un impacto igual, o incluso mayor, sobre la autonomía funcional, el estado emocional y la percepción de bienestar. Por ello, la neurología actual debe incorporar herramientas que permitan una evaluación sistemática de estas dimensiones clínicas.
Así, señala que el abordaje del Parkinson debe avanzar hacia un modelo asistencial integrador, que contemple tanto los síntomas visibles como los ocultos, y que sitúe al paciente en el centro de la estrategia terapéutica. Solo así será posible mejorar realmente su calidad de vida y tomar decisiones médicas informadas y ajustadas a la complejidad de la enfermedad.








