Luis de Haro. Director general de iSanidad
La reciente imposición de unos aranceles del 15% a productos europeos, incluidos los farmacéuticos, marca un nuevo capítulo en la política comercial de Donald Trump. Este acuerdo no solo busca equilibrar la balanza comercial con la Unión Europea, sino también reforzar una estrategia más amplia. Busca proteger la industria nacional americana y reducir sus costes internos. En este contexto, la industria farmacéutica europea se encuentra en el centro de una presión añadida y creciente.
La administración estadounidense solo busca equilibrar la balanza comercial con la Unión Europea y proteger su industria nacional americana
En paralelo, el modelo de nación más favorecida (Most Favored Nation, MFN) propuesto por Trump en el ámbito sanitario añade una capa adicional de complejidad. Según este modelo, Estados Unidos solo pagaría por medicamentos lo mismo que los países con los precios más bajos, como Alemania, Francia o España. Esta medida, aunque orientada a reducir el gasto público en salud, ha generado tensiones tanto con los laboratorios como con los socios europeos.
Ambas iniciativas —aranceles y modelo MFN de Trump— no son hechos aislados, forman parte de una estrategia coherente que aplica el principio de “America First”. Es aplicable tanto al comercio como a la salud. Al imponer barreras comerciales y exigir condiciones más ventajosas, Estados Unidos gana poder de negociación. Este poder puede utilizarse para presionar a la Unión Europea en otros frentes, como la fijación de precios de medicamentos.
Tanto los aranceles como el modelo Most Favored Nation de Trump aplican al principio de “America First”
Para los laboratorios europeos, el impacto es doble. Por un lado, el modelo MFN reduce sus márgenes en el mercado estadounidense, por otro, los aranceles encarecen su acceso a ese mismo mercado. La combinación de ambas medidas limita su competitividad y pone en entredicho su capacidad de inversión en innovación.
La política sanitaria y comercial de Estados Unidos está enviando un mensaje claro: proteger al consumidor estadounidense, incluso a costa de tensar las relaciones con sus aliados. Esta visión, aunque legítima desde una óptica nacional, plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la cooperación internacional en sectores tan sensibles como el farmacéutico.










