Donald Trump, cuando la única evidencia válida es el poder

Donald Trump no solo está desinformando, es que desprecia el conocimiento médico y científico aprovechando su cargo

Luis de Haro. Director general de iSanidad
Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump sobre el supuesto vínculo entre el paracetamol durante el embarazo y el autismo carecen de fundamento. Pero lo peor es que son un ejemplo alarmante de cómo se puede abusar de la influencia sin tener en cuenta las consecuencias. No se pueden utilizar la política y el poder para difundir desinformación médica sin ninguna evidencia. En este caso no hay estudios, no hay expertos, no hay datos; solo hay poder, y una voz que se impone sin criterio ni evidencia.

Para Donald Trump no hay estudios ni expertos ni datos; solo la evidencia del poder

El presidente americano no cita investigaciones ni consulta a profesionales sanitarios, ha preferido lanzar afirmaciones basadas en intuiciones personales y comparaciones absurdas. Es el caso de la mención de Cuba y la supuesta ausencia de autismo por falta de medicamentos. Este tipo de discurso no solo es erróneo, es peligroso. Cuando alguien con visibilidad global y poder cuenta las cosas sin rigor ni evidencia, millones de personas escuchan y algunos actúan en consecuencia.

El estudio más completo hasta la fecha se ha realizado en Suecia con 2,4 millones de nacimientos. Este estudio fue realizado por el Instituto Karolinska (Suecia) en colaboración con la Universidad Drexel (Estados Unidos). Se publicó en la revista científica JAMA y no encontró ninguna relación causal entre el uso de paracetamol y el desarrollo de autismo, TDAH o discapacidad intelectual. No existe una relación dosis-dependiente, lo que refuerza la conclusión: no hay efecto causal. Las principales autoridades científicas coinciden en que el paracetamol es el analgésico de elección durante la gestación.

No se ha encontrado ninguna relación causal entre el uso de paracetamol y el desarrollo de autismo, TDAH o discapacidad intelectual

Cuando una mujer embarazada evita un medicamento seguro por miedo infundado, su salud y la del feto pueden verse comprometidas. La fiebre no tratada, por ejemplo, puede aumentar el riesgo de complicaciones graves. Además, los profesionales sanitarios deben dedicar tiempo a desmontar bulos, en lugar de centrarse en la atención clínica.

Al emitir juicios sin base, contradice el trabajo de miles de investigadores y clínicos. Este discurso debilita la relación médico-paciente, pone en duda la labor de las instituciones sanitarias y alimenta la desconfianza en la ciencia. No es solo ignorancia: es una estrategia de poder que desprecia la evidencia, el rigor y la responsabilidad. No podemos permitir que el ruido político eclipse el conocimiento. Defender la ciencia frente a la desinformación es proteger a nuestros pacientes, a la sociedad y al sistema sanitario. La salud no puede estar al servicio del populismo, ni de Trump ni de otros que están en nuestras instituciones.

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